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José Manuel Durão Barroso. Co-Presidente de Honor del IICP Ban Ki-Moon Secretario General de Naciones Unidas
Iñaki Gabilondo
OBSERVATORIO EUROPEO DE DERECHOS HUMANOS
MINISTERIO DE ASUNTOS EXTERIORES Y DE COOPERACIÓN
CÁTEDRA ESPAÑOLA DE SEGURIDAD VIAL Y MOVILIDAD. SE INICIA LA EVALUACIÓN DE CÓRDOBA EN MATERIA DE MOVILIDAD Gabriel Cisneros, miembro de nuestro Consejo Científico, falleció el pasado 27 de julio Jesús de Polanco: Una personalidad clave de la España moderna Terry Davis Secretario General del Consejo de Europa
Informe independiente sobre la movilidad y seguridad vial en Madrid
Nuno Gomes de Azevedo, de Tom Tom Ibérica: Consultor de la Cátedra Española de Seguridad Vial y Movilidad REQVIEM A CAUSA DE UNA GUERRA QUE HA CAUSADO MÁS DE 650.000 MUERTOS
ETA frustra el proceso de paz en España y desacredita a la izquierda abertxale Las Naciones Unidas deben ejercer con fortaleza su papel de pacificación en Líbano. Vid. Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de 12.08.06 Georges Haddad Director de la División de Educación Superior de la UNESCO
NACIONES UNIDAS
CONSEIL PONTIFICAL MIQUEL ROCA I JUNYENT Prólogo del Libro "La España de las Autonomías. Reflexiones 25 años después"
IN IVRE PACEM AEDIFICABIMVS
COMUNIDAD JUDÍA DE MADRID
XXV ANIVERSARIO DE LA CONSTITUCIÓN DE 1978
Presentación en el Congreso de los Diputados del Libro del XXV aniversario de la Constitución
DISCURSO SOBRE LA LAICIDAD DEL PRESIDENTE CHIRAC 17.XII.2003 Jóvenes Políticos Latinoamericanos participan en el curso de Administración y Políticas Públicas
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DISCURSO DEL PRESIDENTE CHIRAC SOBRE LA LAICIDAD París, 17 de diciembre de 2003 Señor Primer Ministro, El debate sobre el
principio de laicidad retumba en lo más hondo de nuestras conciencias. Mucho
tiene que ver con la cohesión nacional, con nuestra ap La laicidad forma parte de nuestras tradiciones. Es un elemento central de la identidad republicana. No se trata hoy en día de refundirla o de modificar sus fronteras sino de darle vida manteniéndonos fieles a los equilibrios que hemos sabido inventar y a los valores republicanos. La República lleva más de doscientos años construyéndose y renovándose, basándose siempre en la libertad, garantía de la primacía de la ley sobre los intereses individuales, en la igualdad de hombres y mujeres, en la igualdad de oportunidades, derechos y deberes y en la fraternidad entre todos los franceses, independientemente de su condición u origen. En nuestra República, todos respetan las diferencias del otro porque todos respetan la ley común. Así, en todo el mundo se reconoce a Francia como la patria de los Derechos Humanos. Pero el mundo cambia, las fronteras se difuminan y los intercambios se multiplican. Al mismo tiempo, las reivindicaciones de identidad o de comunidad se afirman o exacerban con el peligro que a menudo eso conlleva de repliegue sobre uno mismo, de egoísmo e incluso de intolerancia. ¿Cómo sabrá responder a estas evoluciones la sociedad francesa? Lo lograremos apostando por la templanza y la unión de los franceses de todos los orígenes y de todas las convicciones. Lo lograremos, como hemos hecho en los momentos importantes de nuestra historia, buscando en la fidelidad a nuestros valores y a nuestros principios la fuerza de un nuevo avance. Avance de las conciencias, para redescubrir con orgullo la originalidad y grandeza de nuestra cultura y del modelo francés. Avance de la acción, para enmarcar dentro del pacto republicano la igualdad de oportunidades y derechos y la integración de todos en el respeto de las diferencias. Avance colectivo para que, juntos, fortalecidos por esa diversidad que constituye nuestra riqueza, llevemos nuestra voluntad, nuestro compromiso y nuestro deseo de vivir juntos hacia un futuro de confianza, justicia y progreso. Siendo fiel al principio de laicidad, piedra angular de la República, culminación de nuestros valores comunes de respeto, tolerancia y diálogo, insto a todas las francesas y franceses a unirse. * * * Nuestro pueblo, nuestra Nación y nuestra República, están unidos por valores comunes que no siempre se lograron imponer fácilmente. En ocasiones, han dividido a los franceses antes de contribuir a unirlos. A menudo, se han forjado en los dolorosos momentos de esas luchas que atraviesan nuestra historia y que marcan nuestra memoria. Desde los orígenes de la monarquía hasta las tragedias del siglo pasado, el largo caminar hacia la unidad ha dibujado nuestro territorio y forjado nuestro Estado. Desde el Edicto de Nantes hasta las leyes de separación de las iglesias y del Estado, la libertad religiosa y la tolerancia se han abierto camino a través de las guerras de religión y de las persecuciones. La progresiva conquista, consolidación y profundización de los Derechos del Hombre y del Ciudadano comenzó con la Declaración de 1789 y finalizó con el Preámbulo de 1946. Se hicieron realidad gracias a la consagración del sufragio universal y del derecho de voto de las mujeres, a la libertad de prensa, a la libertad de asociación y, por supuesto, al reconocimiento de la inocencia del capitán Dreyfus. Desde la abolición de los privilegios, la noche del 4 de agosto, a la de la esclavitud, el 27 de abril de 1848, la República ha proclamado vigorosamente su fe en la igualdad y ha batallado sin descanso por la justicia social, con las históricas conquistas que constituyen la enseñanza gratuita y obligatoria, el derecho de huelga, la libertad sindical y la seguridad social. Ha sabido tender su mano, dar vida a la igualdad de oportunidades, reconocer el mérito y permitir así la promoción, hasta los más altos cargos, tanto de hombres como de mujeres provenientes de los medios más modestos. Hoy por hoy, seguimos avanzando con decisión para consolidar los derechos de las mujeres. Estos valores fundamentan la singularidad de nuestra Nación. Estos valores hacen que nuestra voz resuene alto y claro en el mundo. Estos son los valores que hacen Francia. * Tierra de ideas y de principios, Francia es una tierra abierta, acogedora y generosa. Unido en torno a una singular herencia que constituye su fuerza y su orgullo, el pueblo francés tiene una rica diversidad. Una diversidad asumida y que es un elemento central de nuestra identidad. Diversidad de los credos, en esta vieja tierra de cristiandad en la que también ha echado raíces una tradición judía de cerca de dos mil años. Tierra de catolicismo que ha sabido superar los desgarros de las guerras de religión y reconocer por fin, antes de la Revolución, a los protestantes el lugar que les corresponde. Por último, tierra de apertura para los franceses de tradición musulmana que constituyen una parte integrante de nuestra Nación. Diversidad de las regiones que han ido dibujando progresivamente el rostro de nuestro país, desde Ile-de-France hasta los ducados de Bretaña, Aquitania, Borgoña o Alsacia y Lorena, y del condado de Niza hasta el Caribe, el océano Índico o el Pacífico sur. Y, por supuesto, diversidad de esos hombres y mujeres que, en cada generación, se han sumado a la comunidad nacional y para los que Francia fue un idea antes de convertirse en una patria. Inmigrantes italianos llegados de forma masiva con la primera revolución industrial para aportar su talento y energía a nuestro país. Españoles, perseguidos por los terribles sufrimientos de los años treinta y que encontraron refugio en Francia. Portugueses, llegados en la década de los sesenta, llenos de ardor y de valor. Pero también polacos, armenios y asiáticos. También ciudadanos del Magreb y del África Negra, que contribuyeron fuertemente al crecimiento de los “Treinta Gloriosos” antes de hundir sus raíces en nuestra tierra. Todos ellos han contribuido a forjar nuestro país, a hacerlo más fuerte y más próspero y a resaltar su esplendor en Europa y en el mundo. Nuestra bandera, nuestra lengua y nuestra historia: todo nos habla de los valores de tolerancia y de respeto del otro, de esas luchas y de la diversidad que constituyen la grandeza de Francia. Estamos orgullosos de esa Francia que pelea por la paz, la justicia y los Derechos Humanos. Debemos defenderla. Antes que cuestionarla, cada uno de nosotros debe pensar en lo que le aporta y preguntarse qué puede hacer por ella. Para que Francia siga siendo ella misma, debemos responder a los interrogantes y suavizar las tensiones que atraviesan nuestra sociedad. * Todos sabemos cuáles son esos factores de tensión. Aunque genera nuevas oportunidades, la globalización inquieta, desestabiliza a los individuos y, en ocasiones, les empuja a replegarse sobre sí mismos. Cuando las grandes ideologías se debilitan, el oscurantismo y el fanatismo ganan terreno en el mundo. Entre la nación francesa y la Europa de los ciudadanos que tanto deseamos, cada uno de nosotros debe redefinir sus puntos de referencia. Al mismo tiempo, la persistencia del agravamiento de las desigualdades y ese abismo que se ahonda entre los barrios difíciles y el resto del país, dejan por mentiroso al principio de igualdad de oportunidades y amenazan con destruir el pacto republicano. Una cosa está clara: la respuesta a estos interrogantes no se encuentra en lo infinitamente pequeño del repliegue sobre uno mismo o en el agrupamiento en comunidades sino, al contrario, afirmando nuestro deseo de vivir juntos, consolidando nuestro impulso común y manteniéndonos fieles a nuestra historia y a nuestros valores. Frente a las incertidumbres de la época y del mundo, frente al sentimiento de impotencia y, en ocasiones, la angustia de la desesperanza, todos buscamos referencias más personales, más inmediatas: la familia, la solidaridad de proximidad y el compromiso asociativo. Es una aspiración natural. De hecho, es incluso muy positiva. Demuestra la capacidad de los franceses y francesas para movilizarse, actuar y dar rienda suelta a su energía y a sus iniciativas. Ahora bien, el límite de este movimiento está en el respeto de los valores comunes. El peligro reside en la liberación de fuerzas centrífugas y en la exaltación de las especificidades que dividen. El peligro está en querer dar primacía a las reglas particulares por encima de la ley común. El peligro está en la división, la discriminación y la confrontación. Fijémonos en lo que sucede a nuestro alrededor. Las sociedades estructuradas en torno a comunidades suelen ser víctimas de desigualdades inaceptables. Francia nunca podría optar por el agrupamiento en comunidades pues algo así sería contrario a nuestra historia, a nuestras tradiciones y a nuestra cultura; sería contrario a nuestros principios humanistas, a nuestra fe en la promoción social solo con la fuerza del mérito y del talento y a nuestro apego por los valores de igualdad y fraternidad entre todos los franceses. Por eso me niego a apuntar a Francia en esa dirección. De hacerlo, sacrificaría su herencia, pondría en peligro su futuro y perdería su alma. También por eso tenemos la imperiosa obligación de actuar. No es siendo inmóviles ni estando perdidos en la nostalgia como volveremos a encontrar una nueva comunidad de destino sino siendo lúcidos, imaginativos y fieles a lo que somos. * Este año, una vez más, Francia ha sabido hacer que se escuchara su palabra de paz y tolerancia, en todos los ámbitos de crisis y de tensión, para invitar a los pueblos que se destrozan mutuamente, a respetarse. En el seno de nuestras fronteras, en el corazón de nuestra sociedad, sepamos vivir juntos abogando por la misma exigencia, la misma ambición de respeto y de justicia. La República ha luchado desde siempre por la igualdad de oportunidades. El frente de esa lucha se localiza ahora en los barrios. ¿Cómo pedir a sus habitantes que se sientan identificados con la Nación y sus valores cuando viven en guetos de urbanismo inhumano, donde pretenden imponerse el caos y la ley del más fuerte? Al reforzar la seguridad mediante el programa de renovación urbana para derrumbar los bloques masivos de viviendas y las zonas francas destinadas a devolver el empleo y la actividad a esos barrios, acabamos con la fatalidad y recobramos la esperanza. Tanto para el Gobierno como para mí, es un reto y una gran exigencia. Que la igualdad de oportunidades sea una realidad requiere también que devolvamos toda su fuerza a nuestra tradición de integración apoyándonos en los éxitos ya cosechados pero también, rechazando lo inaceptable. Muchos jóvenes descendientes de la inmigración, cuya lengua materna es el francés y que, en la mayoría de los casos, son de nacionalidad francesa, triunfan y se sienten a gusto en una sociedad que es la suya. Deben ser reconocidos por lo que son, por su capacidad, curriculum y mérito. Desean manifestar su éxito, su sed de movimiento, su inserción y su plena pertenencia a la comunidad nacional. También debemos preparar estos éxitos con los extranjeros que llegan a Francia legalmente, pidiéndoles que comulguen con nuestros valores y leyes. Ese es el objeto del contrato de acogida e integración creado a petición mía por el Gobierno, y que les es propuesto de forma individual. Con él pueden acceder a clases de francés, a cursillos de formación de ciudadanía francesa y a un seguimiento social a cambio de respetar escrupulosamente las leyes de la República. También debemos hacer posibles estos éxitos rompiendo el muro del silencio y de la indiferencia que todavía hoy rodea a las discriminaciones. Conozco el sentimiento de incomprensión, de desesperanza e incluso, en ocasiones, de rabia de los jóvenes franceses fruto de la inmigración cuyas demandas de empleo acaban en la basura simplemente por su nombre y que, demasiado a menudo, se enfrentan a discriminaciones a la hora de acceder a una vivienda o, simplemente, a algún lugar de ocio. Debemos concienciarnos y reaccionar con vigor. Esa será la misión de la autoridad independiente encargada de luchar contra todas las formas de discriminación y que se creará a principios del próximo año. Todos los niños de Francia, independientemente de su historia, origen o credo, son las hijas y los hijos de la República. Y todos deben ser reconocidos como tal tanto en el derecho como, sobre todo, en los hechos. Velando por el respeto de esta exigencia, redefiniendo nuestra política de integración y aplicando nuestra capacidad para dar vida a la igualdad de oportunidades, devolveremos toda su vitalidad a nuestra cohesión nacional. * También lo conseguiremos dando vida al principio de laicidad que es uno de los pilares de nuestra Constitución. Manifiesta la voluntad de los franceses de vivir juntos siendo fieles a los principios de respeto, diálogo y tolerancia. La laicidad garantiza la libertad de conciencia. Protege la libertad de creer o de no creer. Garantiza a cada uno la posibilidad de expresar y practicar su fe de forma tranquila, libre y sin la amenaza de imposición de otras convicciones u otros credos. Con ella, la República y sus instituciones protegen a hombres y mujeres venidos de todos los rincones del mundo, de todas las culturas, en la práctica de sus credos. La República, abierta y generosa, es el lugar privilegiado del encuentro y del intercambio, donde todos se encuentran para aportar lo mejor a la comunidad nacional. Es la neutralidad del espacio público la que permite a diferentes religiones coexistir en armonía. Como el resto de las libertades, la libertad de expresión de las creencias no puede tener más límite que la libertad del otro y el respeto de las reglas de vida en sociedad. La libertad religiosa, respetada y protegida por nuestro país, no se puede trastocar. No puede poner en peligro la regla común. No puede atentar contra la libertad de convicción de los demás. Este es el sutil, preciado y frágil equilibrio, construido pacientemente desde hace décadas, que garantiza el respeto del principio de laicidad. Y Francia tiene la suerte de tener este principio. Por eso figura en el artículo primero de nuestra Constitución. Por eso no es negociable. Tras desgarrar a Francia con la adopción de la gran ley republicana de separación de las iglesias y del Estado en 1905, una laicidad calmada ha permitido reunir a todos los franceses. Cuando poco le falta para cumplir un siglo de vida, ha demostrado su temple y cuenta con el beneplácito de todos los credos y todas las corrientes de pensamiento. Sin embargo, a pesar de la fuerza de este logro republicano y, tal como han demostrado los trabajo de la Comisión que preside Bernard Stasi, a la que quiero rendir nuevamente homenaje, hoy por hoy, la aplicación del principio de laicidad en nuestra sociedad está siendo debatida. De acuerdo, es cierto que rara vez es cuestionada. Incluso hay gente que lo reivindica para sí. Pero su aplicación concreta choca con crecientes y nuevos obstáculos tanto en el mundo laboral, como en los servicios públicos o, en particular, en las escuelas o los hospitales. No se puede tolerar que, bajo el paraguas de la libertad religiosa, se cuestionen las leyes y principios de la República. La laicidad es una de las grandes conquistas de la República. Es un elemento crucial de la paz social y de la cohesión nacional. No podemos dejar que se debilite. Debemos trabajar para consolidarla. Para ello, debemos garantizar efectivamente el mismo respeto y la misma consideración a todas las grandes familias espirituales. A este respecto, al Islam, la religión más reciente en nuestro territorio, le corresponde ocupar su lugar junto a las grandes religiones presentes en nuestra tierra. La creación del Consejo Francés del Culto Musulmán permite organizar las relaciones entre el Estado y el Islam de Francia. Los musulmanes deben tener en Francia la posibilidad de disponer de lugares de culto en los que puedan practicar su religión con dignidad y tranquilidad. A pesar de los recientes progresos, aún queda mucho por hacer en este ámbito. También habremos dado un nuevo paso cuando se garantice la formación de imanes franceses y se pueda afirmar la personalidad de un Islam de cultura francesa. El respeto, la tolerancia y el espíritu de diálogo también se enraizarán con el conocimiento y la comprensión del otro, que deben ser esenciales para cada uno de nosotros. Por eso creo que es primordial desarrollar la enseñanza del hecho religioso en la escuela. Asimismo, hay que luchar sin piedad, con atención y firmeza, contra la xenofobia, el racismo y, en particular, el antisemitismo. No toleremos que el insulto se convierta en algo banal. No minimicemos ningún gesto, ninguna actitud, ningún discurso. Que no se nos escape nada. Es una cuestión de dignidad. Debemos reafirmar con fuerza la neutralidad y laicidad del servicio público. La de cada agente público, al servicio de todos y del interés general, a quienes se prohibe exponer sus propias creencias u opiniones. Es una regla de nuestro Derecho ya que ningún francés debe poder sospechar de ningún representante de la autoridad pública que le beneficia o desfavorece en función de sus convicciones personales. Del mismo modo, ningún ciudadano podría, por sus convicciones, rechazar a un agente público. También es necesario reafirmar la laicidad en las escuelas porque la escuela debe estar absolutamente preservada. La escuela es el primer lugar de adquisición y transmisión de valores que compartimos. Es el instrumento por excelencia donde se enraíza la idea republicana; el espacio donde se forma a los ciudadanos del día de mañana a vivir con la cítrica, el diálogo y la libertad; donde se les dan las claves para realizarse y ser dueños de su destino; donde cada uno amplía su horizonte. La escuela es un santuario republicano que debemos defender para preservar la igualdad ante la adquisición de los valores y los conocimientos, la igualdad entre niñas y niños y la enseñanza mixta de todas las actividades, especialmente el deporte. Para proteger a nuestros hijos. Para que nuestros jóvenes no estén expuestos a las malas corrientes que dividen, separan y yerguen a unos contra otros. Evidentemente, no se trata de convertir la escuela en un lugar de uniformidad y anonimato, del que se proscribirían el hecho o la pertenencia religiosa. De lo que se trata es de que los profesores y directores de centro, hoy en la línea de fuego y enfrentados a grandes dificultades, puedan ejercer serenamente su misión con la afirmación de una regla clara. Hasta hace poco tiempo, en virtud de costumbres razonables y respetadas de forma espontánea, nadie dudaba de que los alumnos, a pesar de ser naturalmente libres de vivir su fe, no debían acudir a la escuela o al instituto con prendas de vestir que denotasen su religión. No se trata de inventar nuevas reglas ni de desplazar las fronteras de la laicidad, sino de enunciar con respeto, pero alto y claro, una regla que forma parte de nuestras costumbres y prácticas desde hace mucho tiempo. Me he informado. He estudiado el informe de la Comisión Stasi. He examinado los argumentos de la Misión de la Asamblea Nacional, de los partidos políticos, de las autoridades religiosas y de los grandes representantes de las corrientes de pensamiento. Considero consecuentemente, que el porte de prendas de vestir o de símbolos que manifiesten ostensiblemente la pertenencia religiosa debe ser proscrito de las escuelas y de los institutos públicos. Evidentemente, será posible portar símbolos discretos como, por ejemplo, un crucifijo, una estrella de David o una mano de Fátima. Por el contrario, los símbolos ostensibles, es decir, aquellos cuyo porte salte a la vista y permita reconocer inmediatamente su pertenencia religiosa, no serán admitidos. Estos (el velo islámico, sea cual sea el nombre que se le dé, la kippa o un crucifijo de tamaño manifiestamente excesivo) no tienen cabida en los centros de las escuelas públicas. La escuela pública seguirá siendo laica. Lógicamente, es necesaria una ley. Deseo que el Parlamento la adopte y que se aplique desde comienzos del próximo año escolar. Desde ahora, pido al Gobierno que prosiga el diálogo que mantiene, en particular, con las autoridades religiosas y que emprenda una campaña de explicación, mediación y pedagogía. Nuestro objetivo es abrir las mentalidades y los corazones; es hacer entender a los jóvenes en cuestión los envites de la situación y protegerles de las influencias y pasiones que, lejos de liberarles o permitirles afirmar mejor su libre arbitrio, los limitan o amenazan. A la hora de aplicar esta ley, habrá que buscar sistemáticamente el diálogo y la concertación antes de tomar cualquier decisión. Por otro lado, ya se ha planteado esta cuestión, y no creo que haga falta añadir más días festivos al calendario escolar, que ya tiene muchos. Además, algo así supondría problemas para los padres que trabajan esos días. Ahora bien, tal como se tiene la costumbre de hacer, no quiero que ningún alumno tenga que excusarse por una ausencia justificada por una gran fiesta religiosa como el Kipur o el Aït El Kebir, a condición de que el centro haya sido previamente informado. Ni que decir tiene que no se deben organizar exámenes o eventos importantes esos días. El ministro de Educación Nacional comunicará a los Rectores instrucciones en este sentido. También es necesario recordar las reglas básicas de la vida en común. Me refiero al hospital, donde nada podría justificar que un paciente se negase, por principio, a ser atendido por un médico del otro sexo. La ley tendrá que consagrar esta regla para todos los enfermos que acudan al servicio público. Del mismo modo, el ministro de Trabajo deberá emprender las concertaciones necesarias y, si fuera necesario, someter al Parlamento una disposición que permita a los directores de empresa reglamentar el porte de símbolos religiosos por imperativos relativos a la seguridad, evidentemente, o a los contactos con la clientela. De manera general, creo que convendría crear un “Código de Laicidad” que reúna todos los principios y reglas relativos a la laicidad. En particular, el Código sería entregado a todos los funcionarios y agentes públicos el día de su entrada en funciones. Por otro lado, el Primer Ministro instaurará bajo su autoridad un Observatorio de la Laicidad, encargado de alertar a los franceses y a los poderes públicos de los riesgos de deriva o ataque a este principio esencial. * Finalmente, nuestra lucha por los valores de la República debe llevarnos a comprometernos resueltamente en favor de los derechos de la mujeres y de su real igualdad con los hombres. Es la lucha de los que van a trazar el rostro de la Francia del día de mañana. El grado de civilización de una sociedad se mide, en primer lugar, por el lugar que ocupan en ella las mujeres. Debemos estar alerta y ser intransigentes frente a las amenazas de retroceso. Las hay. No podemos aceptar que haya quien, refugiándose tras una concepción tendenciosa del principio de laicidad, trate de dinamitar los logros de nuestra República que son la igualdad de sexos y la dignidad de las mujeres. Lo digo solemnemente: la República se opondrá a todo lo que separe, suprima y excluya. La vida debe ser mixta porque agrupa, pone a todos los individuos en pie de igualdad y se niega a distinguir en función del sexo, el origen, el color o la religión. Nuestra sociedad aún tiene que hacer muchos progresos en materia de derechos de las mujeres. La nueva frontera de la paridad es la igualdad profesional entre hombres y mujeres. Todos deben ser conscientes de ello y actuar en consecuencia. Personalmente, pienso dedicarme a ello en las próximas semanas. * * * Señoras y Señores: Los debates sobre la laicidad, la integración, la igualdad de oportunidades y el derecho de las mujeres plantean una misma pregunta: ¿qué Francia queremos para nosotros y para nuestros hijos? Se nos ha legado un país rico por su historia, lengua, cultura; una Nación fortalecida por sus valores e ideales. Nuestro país, Francia, debe sentirse orgulloso. Cada uno de nosotros debe sentirse depositario de su herencia. Cada uno de nosotros debe sentirse responsable de su futuro. Sepamos transformar los interrogantes de hoy en bazas de mañana; buscando con decisión la unidad de los franceses; confirmando nuestro apego por una laicidad abierta y generosa tal como hemos sabido inventarla año tras año; dando más fuerza a la igualdad de oportunidades, al espíritu de tolerancia y a la solidaridad; y agrupándonos en torno a los valores que han hecho y hacen Francia. Así es como seguiremos siendo una Nación segura y fortalecida por su cohesión. Así es como podremos reafirmar la ambición con la que todos nos identificamos de construir, para nuestro país y nuestros hijos, un futuro de progreso y de justicia. Es uno de los grandes retos planteados a nuestras generaciones. Pero podemos, debemos y vamos a superarlo juntos. Todos juntos. Gracias. |
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